Black Narcissus

Black Narcissus

Clodagh, junto a Con, pesca en un lago irlandés -un lugar que, sin duda, siente que les pertenece-, primero confiada, después pensativa. Clodagh agitada, feliz. Joven. En su patria. Clodagh, de vestido celeste y cabellera roja, al abrigo del hogar, rodeada de la calidez del fuego y de la calidez familiar, recibe de su abuela un collar de esmeraldas. A todos reconforta y nadie pone en duda que Clodagh y Con, pronto, cuando llegue el invierno, van a comprometerse.

Desde fuera, se escucha un silbido; sin duda es él. Clodagh abandona el salón con prisa, exaltada, ansiosa por verlo; antes de salir, todavía, se quita el collar, un regalo anticipado, para que ella vista más tarde, como mujer casada. Enseguida la vemos de espaldas, ya en la puerta, frente a la oscuridad de la noche. Una oscuridad absoluta, una oscuridad que no es siquiera verosímil y que se traga a Clodagh. Un silbido la había llamado, pero ahora Con no está ahí. Ahí no hay nada. Y Clodagh entra en esa nada oscura. Desaparece.

Esa entrada de Clodagh en la noche es el último plano de una secuencia feliz y está en la mitad de Black Narcissus. ¿Podría, en cambio, estar al comienzo? ¿Podría, quizá, ser el último plano de la película? No lo sé. Es probable que no. En la justa mitad, es el plano que hace posible todo lo demás. Todas las películas, cualquier película. El plano donde el cine muestra su incesante tarea de desaparecer y reaparecer en, como, otra cosa – el cine, que nunca deja de ir hacia la noche, de caer en ella.


[...] Oh, y la noche, y la noche, cuando el viento
lleno de espacio cósmico nos roe la cara:
¿Para quién no permanecería aquélla, la anhelada,
la tierna desengañadora, ahí, dolorosamente próxima
al corazón solitario? ¿Es más suave con los amantes?
Ay, ellos sólo se ocultan uno a otro su suerte
.
Rainer María Rilke, Elegía I

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