Light in the Tropics

Light in the Tropics ★★★★½

ESPECULACIONES FRACTALES ENTRE LUNAS Y ESPEJOS

¿Qué ves cuando miras tu reflejo? ¿Te reconoces siempre en su superficie o hay momentos en los que deseas resquebrajar –¿aún más?– su llanura –¿aún más?–, ante la presencia –¿real?– de una réplica –¿externa?, ¿inexistente? ¿ajena?–. Temo que este texto se pierda entre puntos suspensivos, guiones e interrogaciones. ¿Con quién habla Paula Gaitán al dirigir esta película? ¿Habla con el espectador, con el lector de estas palabras, consigo misma, con su difunto marido, con el pasado, con el futuro, con el presente, con otro tiempo o realidad…? Llego a plantearme si está hablando con aquella persona que jamás verá esta película. Temo perderme a mí mismo –¿aún más?– en este texto. Mi correspondencia con esta película no es más que una relación entre la inabarcable inmensidad –¿superioridad?– de una catedral en constante transformación y movimiento –tal vez buscando nuevos continentes y equilibrios entre estados de agregación de la materia– y el yo, la pequeñez –¿inferioridad?– humana, la escasez de lo individual, que es incapaz de abandonar el primer término del plano… No puedo mirar desde otros ojos, no puedo aliviar los engaños –¿pueden ser verdades?– que me depara la vista, hoy –¿ahora?– no puedo hablar desde otro prisma…

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Cuando era una niña, Paula pintó el río Amazonas sobre un folio en blanco: un camino azul uniforme bordeado por un verde intenso, también uniforme a lo largo de toda su extensión. Aquel dibujo quedó en el olvido, pero cada año que pasaba hubiese pintado aquel río de forma diferente. Si volviese a pintarlo ahora, medio siglo después, no habría centímetro cuadrado que permaneciese monótono o raso, no habría interpolación entre trazos, jamás lo pintaría sobre un folio.

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En Luz Nos Trópicos (Paula Gaitán, Brasil, 2020), tal y como dictan los principios físicos y las leyendas, lo primero que llega es la luz: una imagen teñida –¿inundada?– de rojo; incluso antes de que el sonido se instalase, el mundo comenzó manchado de furia y sangre –¿cómo confirmar esta visión?–, pero el daltonismo tornó este Génesis en un cuento suave y verde… Así se despierta la ciudad que nunca duerme, sobre la cual se cierne, narración mediante, el mito especular del Origen y la subsecuente obsesión por descifrarlo –¿aún pensamos que es posible? ¿Qué vendrá después?–. El amanecer nos da indicios, nosotros los convertimos en promesas… Paula Gaitán inicia así un viaje de replanteamiento, donde reconoce un patrón en toda búsqueda de un origen físico y ontológico: no entendemos este mundo sino como una refracción platónica de otro u otros, no comprendemos al otro sino como réplica de nosotros mismos y no nos vemos a nosotros mismos sin el reflejo propio y ajeno… El audiovisual se desdobla, sin perder profundidad, en diferentes fractales que desobedecen a la precisión matemática, los reflejos entran en el mismo plano –y relación de aspecto– que sus originales –¿o también son reflejos?– y viceversa: el sonido y la imagen, el digital y el analógico, las distintas y las mismas voces, los colores, la vida y la muerte, la calma y la angustia existencial, la cámara y lo filmado, la ficción y la no ficción, el amanecer y el atardecer, América del Sur y América del Norte, la Naturaleza reflejada en el río, en los cristales, en los marcos y las pantallas, el espectador y la película…

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