Zeros and Ones

Zeros and Ones

Imagina las escenas de vigilancia nocturna de New Rose Hotel dirigidas por el director que interpreta Dennis Hopper en The Blackout.

Imagina que seleccionamos las escenas más abstractas y de mayor deformación digital de Inland Empire, las comprimimos en una hora de duración y añadimos una fragmentaria e inexplicable trama de espionaje internacional que podría ser la de una película de acción.

Imagina que existe una historia secreta del cine americano del siglo XXI que empieza aún en el siglo XX con New Rose Hotel e incluye a Mulholland Drive, Miami Vice, Redacted caminando paralelamente a las tres últimas películas de Jean-Luc Godard.

La película que esperábamos hace tiempo de Abel Ferrara por fin ha llegado. La película que han anunciado los falsos profetas del cine digital está aquí, y no en toda esa porquería pseudocientífica ni en gilipolleces CGI. Si la sobresaturación de la imagen digital, el pixel, la fragmentación total alguna vez han tenido algún sentido, es aquí. Algo que aventuraban las películas del párrafo anterior, lo que estaba por llegar.

Zeros and Ones es caerse por el precipicio de las imágenes. Cuando ya no haya historia del cine, habrá algo. Ferrara lloró más que nadie la putrefacción del cine, la mercantilización y la destrucción de un arte noble, pero en las ruinas aún existe belleza y poesía. Es difícil rescatar algo de una película que parece increíble que se mueva solo a 24 imágenes por segundo. La avalancha es demoledora, y aún así, en medio del caos, hay las noches estrelladas más maravillosas del cine. Los movimientos de cámara más dislocados e imposibles, los cortes de plano que enlazan movimientos, superficies. Es triste que Ferrara haya tenido que acabar haciendo una película así, y a pesar de todo, cuánta escalofriante belleza hay en ella.

Y entiendo que se hable y mucho de todo el discurso sobre el mundo digital que tiene. Sobre las pantallas como ventanas a otros mundos. Sobre cómo lo que sucede en esas pantallas acaba sustituyendo a lo real, tanto que al final no sabemos qué existió primero. Y todo el significado político que hay detrás de ello. Pero eso lo han dicho muchas películas. Y casi ninguna (De Palma, Lynch, Mann, Godard) ha conseguido ser tan conmovedora a cada segundo, a cada imagen, a cada corte.

Cuando al final del film, después de haber atravesado todos los agujeros del caos, Ferrara muestra todos esos planos (si podemos hablar de planos) de la gente paseando por Roma, de las niñas caminando por el parque y observas una visión humanista, holística y poética de la imagen digital, ordenada desde lo mínimo (unos y ceros) a lo máximo (la civilización) no puedes hacer nada más que sentirte afortunado de que exista alguien como Abel Ferrara.

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A pesar del entusiasmo que me produce la película, tengo ciertas dudas con el prólogo y el epílogo de Ethan Hawke hablando al espectador, sobre la propia película. Zeros and Ones es, por momentos, un trabajo de chamanismo digital, donde toda esa fragmentación y saturación de imágenes te atrapa, te transporta a un nuevo mundo de sensaciones. Que la propia película quiera hacer un comentario sobre sí misma es un poco desconcertante, algo que se le podría ocurrir a Lars Von Trier. Me hizo pensar en el final de L'apollonide de Bertrand Bonello o mismamente en el final de Tommaso de Abel Ferrara, que acababa con una nota humorística y ajena al resto del film de su propia hija bailando.

No se trata tanto de una falta de coherencia intelectual. Y menos aún en un cineasta como Ferrara, donde las películas siempre han sido una lucha contra sí mismo, como una terapia. Zeros and Ones habla de cómo el mundo puede ser extraordinariamente bello y extraordinariamente horrible al mismo tiempo. También de que el miedo a la muerte y el deseo de vivir están inevitablemente relacionados (cosa que comparte con In Front of Your Face, pero noto que se rompe con el encantamiento creado durante una hora y cuarto por la mera necesidad de hacer un comentario. El cine debería estar muy por encima de eso. Es cierto que acabo de escribir que el cine son las ruinas y Ferrara piensa eso mismo, pero creo que aún trabajando en las ruinas del cine los directores deben creer firmemente en la grandeza del cine, aunque sea engañándose, de la misma forma que Dreyer rodó Ordet como el más ferviente de los católicos sin serlo. Ferrara hace un poco las dos cosas.

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Ni una queja al poster de esta película. Es sencillamente extraordinario, adecuado. Es la mejor película de Steven Seagal de la historia.